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Fitness

01.03.2018

Pierde Peso: El mundo secreto del trastorno por comer

Comer excesivamente es una cosa; pero tener un atracón de pan con queso brie, encerrada en tu pieza, es otra completamente diferente. WH revela el caótico mundo de las personas que padecen este desorden alimenticio.

Pierde Peso: El mundo secreto del trastorno por comer

Si tuvieras que escoger una palabra para describirme, ‘tímida’ estaría muy abajo en la lista. Mi rostro es tan inconscientemente expresivo que me dejaría en bancarrota si jugara póker y tiendo, como muchos extraños podrían asegurarlo, a compartir demasiado. Y aún así, desde que era una adolescente he tenido secretos.

Secretos que me han hecho sentir avergonzada, deprimida y molesta. Secretos sobre la comida. Debido a que, aunque puedo parecer un modelo de vida saludable, corriendo maratones y usualmente con un jugo verde en la mano, en privado, me puedo terminar una barra de pan en una sentada. O un pedazo de queso. O un paquete grande de Kit Kat. En resumen, luché contra el trastorno por comer. Y lo disimulé tan bien, que ni las personas más cercanas a mí se dieron cuenta que tenía un problema.

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DE INCÓGNITO

Según cifras del Colegio Médico correspondientes al año 2011, 500.000 jóvenes entre 14 y 30 años de edad sufren algún trastorno alimenticio en Chile. Se trata de una enfermedad que absorbe y consume al grupo familiar por completo, por lo que se estima que serían entonces al menos 2.000.000 de personas afectadas en nuestro país.

Asimismo, según el Ministerio de Salud, no existen cifras o estudios sobre cuántas personas sufren del trastorno por comer excesivamente. Este padecimiento no involucra acciones como vomitar.

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Yo tenía 13 años cuando cambié el estatus de mi relación con la comida a ‘es complicado’. Sintiéndome angustiada y deprimida, con mis padres a punto de divorciarse, la comida parecía ser una de las pocas cosas que podía controlar. Pero, la obsesión de sentirme gorda significó que la misma se convirtiera en confort y enemiga al mismo tiempo.

A los 14, regularmente tomaba poco más de un plato de sopa al día; a los 16, a veces me provocaba el vómito luego de comer. Un cambio de colegio me ayudó a eliminar la mayoría de estos hábitos, aunque a menudo me sentía cohibida cuando comía delante de otras personas. A lo largo de mis 20, oscilaba entre restringirme y los bajones, comer poco con otras personas, y luego, demasiado cuando el hambre era insoportable.

Un estudio de LighterLife descubrió que seis de cada 10 mujeres admiten comer en privado, y casi una cuarta parte asegura que esconde los envoltorios de comida o que oculta la evidencia en el fondo del tarro de la basura. Para el 35% de ellas, estar solas en la casa es una oportunidad de comer lo que quieran sin sentirse juzgadas.

Comer en secreto es una de las enfermedades más comunes que veo”, asegura la psicóloga Joanna Silver, especialista en desórdenes alimenticios en el hospital Nightingale de Londres y en The Natural Gateway Clinic. “Regularmente lo hacen las mujeres que quieren proyectar al mundo la impresión de que están totalmente en control. ‘Comer saludable’ les proporciona una sensación de orgullo. Estas mujeres por lo regular controlan sus emociones, pero es probable que estén reprimiendo sentimientos como enojo y estén usando los alimentos como escape”.

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UNA MÁS NO HACE DAÑO

Cuando recuerdo las comidas que me daba (cocinar suficiente pasta para cuatro y comérmela toda yo; terminarme una caja de cereal porque era todo lo que tenía en la casa; o comer un paquete entero de galletas camino a casa y luego cenar), es difícil encontrar una simple explicación de por qué lo hice. La soledad, la frustración y el odio hacia mí misma han jugado un papel. Restringía las comidas “malas”, pensando que siendo más delgada conseguiría un pololo/me iría mejor en el trabajo/me sentiría más querida, pero luego cedía. La comida se convirtió en una distracción.

Comer sin sentido me proporcionaba un alivio temporal a mi baja autoestima, a las preocupaciones del trabajo y de las relaciones.

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Pero, a pesar de disfrutar la comida saludable, prefiero comer kale y quinoa en vez de pizza y papas fritas, cuando me siento vulnerable o autocrítica, la parte de mi cerebro con desorden alimenticio hace que prefiera comer las cosas que realmente no quiero. Esto significa acabar con una caja entera de helado, incluso después de que dejó de saber bien, luego de la segunda cucharada o acabar con un paquete de dátiles, aun sabiendo que más tarde me sentiré muy mal por tanta azúcar. Realmente no importa qué coma o la cantidad, es el sentimiento de compulsión o la incapacidad de detenerme lo que me indi- ca un bajón. Es un acto de autosabotaje. Tal vez lo más desconcertante es que, para mí, el ciclo de comidas puede permanecer inactivo durante semanas, meses o incluso años. Pero, siempre parece que podría ocurrir.

Es difícil reconocer que alguien padece trastorno por la comida”, señala el doctor Richard Sly, asesor médico de Beat. “Pueden comer de manera muy ‘normal’ con familiares y amigos, en el hogar y en entornos sociales, debido a que estos arranques se pueden dar en secreto. La mayoría de las personas que se dan este tipo de comidas están avergonzadas de su comportamiento y se sienten culpables por lo que son extremadamente reacias a contarle a alguien por temor a ser juzgadas”.

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Actualmente, el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM, por sus siglas en inglés) indica que para poder diagnosticar el trastorno por la comida, debe ocurrir, en promedio, al menos dos días a la semana durante seis meses, causando una marcada angustia y se caracteriza por una sensación de falta de control sobre la alimentación, comer más rápido, sentirse incómodamente lleno, comer solo debido a la vergüenza y sentirse molesto, deprimido o culpable después de alimentarse en exceso. Cuando peor estuve, durante mis 20, podía darme bajones varios días a la semana; ahora solo ocurre cada pocos meses. Nunca busqué ayuda médica, como muchas personas que se dan este tipo de comidas, me sentí sola. Pero, solo porque no sea obvio que una persona está luchando con esto, no significa que el impacto emocional de la afección sea menos negativo que, por ejemplo, un trastorno más visible como la anorexia.

“Parte del problema que tenemos con el tratamiento de personas que padecen trastornos alimentarios es el criterio que utilizamos para el diagnóstico”, dice la psicoterapeuta Emmy Gilmour, fundadora de The Recover Clinic. “Las pautas establecidas por el Instituto Nacional de Excelencia en Salud y Atención del Reino Unido (NICE, por sus siglas en inglés) siguen un modelo médico y utilizan principalmente síntomas físicos para formar un diagnóstico, lo que significa que las mujeres que quizá se encuentren dentro de un rango de peso ‘normal’ no reciben el tratamiento realmente adecuado”. 

EL DILEMA DE LA DIETA

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Cuando se trata de identificar qué es lo que provoca el trastorno por la comida, la dieta definitivamente tiene un papel importante. Un influyente artículo, publicado en American Psychologist en 1985, descubrió que las dietas generalmente preceden a los bajones, porque activan los controles cognitivos que te impiden escuchar cómo se siente fisiológicamente tu cuerpo y en vez de esto te hacen controlar tu dieta con procesos mentales sobre lo que debes comer, y cuando.

“Hemos adoptado mensajes sociales sobre lo que es comida ‘buena’ y ‘mala’, vinculando la comida con emociones, que es donde sur- gen los problemas”, dice Holli Rubin, psicoterapeuta y especialista en imagen corporal.Necesitamos borrar el término ‘dieta’. Mientras más se dice, más incómodas se sienten las personas con la comida, y cuando restringimos algo, es cuando más lo queremos”.

“En las mujeres, hay algo conocido como el ‘descontento normativo’, explica la doctora Silver. “La mayoría tiene algo que no les gusta de sus cuerpos y, por desgracia, esto es normal. Es cuando esto se vuelve patológico que hay una diferencia. El criterio para un trastorno por comida es siempre la angustia y el impacto que está teniendo en tu vida. Si te das un bajón de vez en cuando, pero real- mente no te importa, está bien. Pero, si está afectando tu vida, por ejemplo, está haciendo que evites situaciones debido a la imagen de tu cuerpo o provocando ansiedad intensa debido a la comida, esto es lo que debe hacer sonar las alarmas en el tiempo”.

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UNA DOBLE VIDA

Cuando cumplí 30, pensé que finalmente había descifrado mi relación con la comida. Descubrí correr y, a través del ejercicio, encontré el equilibrio. Me importaba menos el peso y más el rendimiento. Comía buscando combustible y para darle poder a mi siguiente golpe de endorfinas. Pero, cuando descubrí ‘comer limpio’, me encantó cómo me hizo sentir. Reduje el trigo, los lácteos, el azúcar e incluso el alcohol. Estaba convencida de que estaba sumiendo mis bajones en el olvido. Pero, mientras más reglas establecía en mi vida sobre lo que podía y no podía comer, más me costaba contenerme cuando la tentación se ponía en mi camino. Comer limpio, que pensé que sería mi salvación, ahora me estaba provocando ansiedad y obsesión. Y una noche de 2014, después de haber corrido mi primer maratón, estaba tirada en el sofá, atravesando un bajón emocional.

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Antes de darme cuenta, estaba comiendo galletas y helado. Pero, ¿por qué? Así como con mis logros deportivos, el trabajo iba bien y tenía una relación amorosa. Yo era feliz. Me di cuenta de que tenía que tomar medidas al respecto. Abrí mi computador y busqué la dirección de correo electrónico de Natalia, una hipnoterapeuta que conocí en Twitter. “Por favor, ¿me ayudarás?”, escribí un poco exaltada.

LA REHABILITACIÓN

Yo esperaba que la hipnoterapia involucrara algunos trucos mentales Jedi para eliminar los bajones de mí para siempre, pero en vez de esto, luego de que Natalia me hizo algunas simples preguntas, comencé a llorar sin control, al revelarle cosas que a nadie más le había dicho. Impresionantemente, luego de una sesión, me sentí distinta. Cargar con todos esos secretos me estaba hundiendo; decirlo todo en voz alta, hizo mi mundo ligero.

Me di cuenta que no me debo avergonzar por mi relación con la comida. O con mi cuerpo. Usando palabras tranquilizadoras, Natalia me llevó a un estado similar al de un trance de profunda relajación, para ayudarme a visualizar un futuro libre de ansiedad por la comida, pero el beneficio principal fue confrontar mis sentimientos. Reconocer que tenía un problema significaba que también podría aprender a tratarlo.

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Seis sesiones después, me sentí armada para enfrentar mi comportamiento. Aunque me hubiera gustado decir que estaba “curada”, aún hay días en los que tropiezo, pero sé exactamente cómo levantarme rápidamente. Si me doy un bajón, me digo a mí misma ‘estás bien, ahora sigue adelante’. Trato de no sentirme culpable por lo que como y practico la alimentación intuitiva: escucho a mi cuerpo y le doy lo que necesita. Es difícil romper el manual, pero el ‘equilibrio’ y la ‘moderación’ me guían.

“Mientras más pronto comience el tratamiento, mayores serán las posibilidades de recuperación”, asegura el doctor Sly. “Las terapias orales y la autoayuda son los componentes centrales para superar estos trastornos, ya que te ayudan a aprender a manejar una experiencia o un pensamiento desencadenante, para no recurrir a tus conductas antiguas y arraigadas. No puedes detener las olas, pero sí aprender a surfearlas”. Para mí, “surfear” significa saber que mi autoestima no tiene que estar relacionada con cómo me veo o de qué tamaño es mi ropa. Es saber que soy más que solamente un cuerpo, y que merezco sentirme bien como todos los demás. Tomar mi secreto más profundo y doloroso, y ponerlo en una revista internacional, es mi manera de decir que ya no quiero sentir vergüenza. La recuperación es realmente posible. Y puede comenzar hoy para ti también.

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