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Mujer 3.0

23.04.2015

Cuando los adultos se equivocan

Una amiga tiene una hija de 12 años, la Cata. Como una manera de relajarse y pasar un tiempo madre hija, mi amiga llevó a su hija a la peluquería, para que la peinaran de manera especial para un evento en el colegio. Llegaron al lugar y cuando descubrieron que la clienta no era ella sino la Cata, la cara les cambió.

Cuando los adultos se equivocan

Ni se arrugaron en decirle que era un caso difícil porque era crespa. Mi amiga se sorprendió por el comentario, ya que la Cata es una crespa absolutamente típica, lejana al Jackson five. La hicieron pasar al lavapelos y comenzaron con su trabajo. A los dos segundos la peluquera les dijo que en realidad no la iban a atender, porque al ser crespa podía tener piojos.

¡Era como para no creerlo! Ahí figuraba la Cata con su pelo mojado, con carita desconcertada, siendo objeto de agresión gratuita de un adulto inescrupuloso. Mi amiga fue poseída por una fuerza que sólo una madre que ve expuesto a un hijo puede entender y simplemente dejó la escoba. Ni siquiera le secaron el pelo ante la posibilidad (que nunca comprobaron) ¡de piojos! Lo encuentro impresionante. ¿Es que la gente no se da cuenta de lo que es capaz de generar en su entorno a través de las palabras, gestos y actos? ¿Cómo es posible que no haya más conciencia aún cuando el involucrado es un niño?

Seguramente, para la peluquera y para la peluquería la realidad es que solo tuvieron una “clienta complicada” y no existe ningún resultado aparente ni ninguna consecuencia, pero les aseguro que para mi amiga y para la Cata fue una experiencia desagradable y dolorosa.

¡Los adultos tenemos que atinar! Cada uno tiene que aportar con un granito de arena en su trabajo, en su entorno, en su familia, en su universo. A la vuelta de la esquina  están las oportunidades de tomar este tremendo desafío. Tenemos que aprender a generar relaciones basadas en el respeto y el amor, en la igualdad y la empatía. Tenemos que hacer que esto no sea sólo una declaración de principios sino que sea una bandera de lucha grabada a fuego dirigiendo nuestras vidas. Este fue un ejemplo burdo y brutal, pero les aseguro que cada uno de nosotros tiene a esa peluquera inescrupulosa adentro, que discrimina, ofende o agrede. Seamos eficientes en observarnos a nosotros mismos, queramos mejorar, busquemos estrategias, no nos quedemos sentados esperando que el resto se movilice o cambie, ¡generemos los cambios nosotros!

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